El eco de mis tacones sobre el mármol negro del vestíbulo de la Torre Blackwood sonaba como disparos en un desierto, Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Nueva York despertaba envuelta en una bruma grisácea, pero dentro del edificio, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. No era solo el frío del aire acondicionado; era la expectación de cientos de empleados y accionistas que aguardaban para ver si la estructura que conocían se desmoronaba o se transformaba.
Llevaba un traje de sastre diseñado a medida, de un tejido de seda y lana en un tono blanco marfil tan puro que resultaba intimidante. La chaqueta, de hombros estructurados y solapas afiladas, ocultaba la curva ya innegable de mis seis meses de embarazo, aunque yo ya no hacía esfuerzos por esconderla con timidez. Bajo la chaqueta, una blusa de seda color champán rozaba mi piel. Mis labios estaban pintados de un rojo carmesí, mi marca de guerra. En mi cuello d