El eco de mis tacones sobre el mármol negro del vestíbulo de la Torre Blackwood sonaba como disparos en un desierto, Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Nueva York despertaba envuelta en una bruma grisácea, pero dentro del edificio, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. No era solo el frío del aire acondicionado; era la expectación de cientos de empleados y accionistas que aguardaban para ver si la estructura que conocía