CAPITULO 12

El silencio que siguió a la tormenta en la Cresta Blanca no era el de la paz, sino el del agotamiento absoluto, Bajamos de la montaña en un convoy que parecía un desfile de espectros. Dentro del vehículo, el calor de la calefacción me golpeaba la cara, pero no lograba quitarme el frío que se me había metido en los huesos, un frío que venía de haber tocado una energía que no pertenecía a este mundo.

​Me miré las manos, Estaban pálidas, con restos de sangre seca de Alexander y polvo de cuarzo baj
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