CAPITULO 12

El silencio que siguió a la tormenta en la Cresta Blanca no era el de la paz, sino el del agotamiento absoluto, Bajamos de la montaña en un convoy que parecía un desfile de espectros. Dentro del vehículo, el calor de la calefacción me golpeaba la cara, pero no lograba quitarme el frío que se me había metido en los huesos, un frío que venía de haber tocado una energía que no pertenecía a este mundo.

​Me miré las manos, Estaban pálidas, con restos de sangre seca de Alexander y polvo de cuarzo bajo las uñas, Llevaba una manta térmica sobre mis hombros, ocultando mi jersey negro desgarrado. Alexander estaba sentado frente a mí, con la cabeza apoyada en el cristal tintado. Su respiración era pesada, ruidosa. Había vuelto a su forma humana, pero las heridas de los Primeros Dientes tardarían en cerrar, incluso para un Alfa. El acónito de Julian había dejado un rastro de ceniza en su sistema que solo el tiempo y mi suero podrían limpiar.

​— ¿En qué piensas? —su voz rompió el murmullo del moto
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