El frío en la Cresta Blanca no era solo una cuestión de temperatura; era una entidad viva que intentaba devorarme los pulmones con cada bocanada de aire. Nos encontrábamos a más de dos mil metros de altura, en una saliente rocosa que miraba hacia un abismo de pinos cubiertos por una nieve tan blanca que hería la vista. Frente a nosotros, la cascada de hielo colgaba como un órgano de catedral hecho de diamante, congelada en el tiempo, ocultando la entrada al portal que mi madre mencionó en su úl