Vicky no supo en qué momento se había quedado dormida; sus ojos ardían como si tuvieran arena y, por un instante, pensó que todo había sido un mal sueño. Al refregárselos, comprendió que no: estaban encerradas en ese lugar. Miró a su alrededor hasta que vio a Rodrigo sentado en una silla muy cerca de ellas. Vigilaba. Esperaba.
—Despertaste —dijo él apenas en un susurro—.
Ella intentó dibujar una sonrisa para apaciguar sus propios miedos. No había dormido mucho; para él, en cambio, cada minuto q