El “sí, acepto” se escuchó fuerte y claro. Los vítores y los silbidos no se hicieron esperar, y los pequeños pasos de quien ahora era su hija se dirigieron directamente hacia Peter.
—¡Papito! —gritó Tory, lanzándose a los brazos de su padre antes de que pudiera cumplir con el clásico “puede besar a la novia”.
A ninguno de los dos les importó. Había tiempo de sobra para besarse con calma, para seguir amándose sin necesidad de testigos. Peter alzó a la pequeña y, junto a su esposa, protagonizó un