La noche había caído sobre el rancho Falcone, tiñendo de tonos dorados y lilas el horizonte de Texas. El aire olía a pasto húmedo y a leña encendida, y el murmullo de los grillos se mezclaba con las risas que aún resonaban desde la casa. Vicky se había escapado un rato del bullicio, buscando un poco de calma bajo el cielo estrellado. Peter la encontró allí, envuelta en una manta, mirando hacia el campo iluminado por la luna.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó con una sonrisa suave.
Ella asintió, y