Dos días después, la familia Falcone aterrizó en el aeropuerto de Texas a bordo de su jet privado, rodeada de un operativo de seguridad extremo. Michael se había encargado personalmente de cada detalle a la salida de Boston. Con su equipo coordinado y en comunicación constante, había diseñado un plan meticuloso para garantizar que ningún intruso se acercara a los suyos.
Sin embargo, al descender del avión, frunció el ceño al ver la cantidad de cámaras, micrófonos y rostros curiosos esperándolos