Vicky, junto a su pequeña Tory, su abuelo y el hombre que manejaba la camioneta, estaban llegando a la ciudad. A lo lejos ya se distinguían los colores neón de aquella urbe que nunca dormía, con su bullicio inconfundible, su caos y su promesa de refugio. Por primera vez en días, Vicky pudo sentir una pizca de tranquilidad, aunque su mente y su corazón seguían atrapados entre la preocupación y el miedo por los suyos.
El auto se detuvo frente al hotel. Casi una hora después, se encontraba nuevame