El rugido de la moto se fue apagando mientras llegaban a un viejo acantilado en las afueras de Moscú, donde el mar rompía con violencia contra las rocas. El cielo estaba gris, cubierto de nubes, y el viento helado traía consigo el olor a sal y tormenta lejana.
Konstantin apagó el motor, se quitó el casco y bajó primero. Luego ayudó a Kira a hacerlo con una delicadeza que no encajaba con su figura dura ni con su fama. Ella no decía nada, solo caminó unos pasos hacia la baranda oxidada del mirado