La mansión del abuelo de Kira, estaba impregnada del aroma de lavanda, con la brisa suave entrando por los ventanas abiertas. Afuera, los árboles se mecían lentamente, como si supieran que dentro de esos muros, algo estaba sanando.
Konstantin cerró la puerta tras de sí con delicadeza, llevando consigo una taza de té caliente y galletas de jengibre. El silencio entre ellos era pesado, pero no incómodo. Era el tipo de silencio que se forma cuando hay mucho que decir… y aún no se sabe cómo.
Konsta