La noche era un silencio cargado de muerte.
Konstantin observaba el contorno de la mansión a través del visor térmico de su rifle, oculto entre la maleza. A su lado, Alejandro, Matías y Hugo mantenían los auriculares puestos, murmurando en clave mientras el resto del equipo se dispersaba en formación. Las órdenes eran claras: infiltración rápida, sin dejar rastros. La vida de Kira pendía de un hilo.
—Allí está —murmuró Alejandro, apuntando con su mira láser—. Primer piso. ¡Ay del norte! Iandra