Se besaron con hambre, como si llevaran días sin tocarse, aunque en realidad nunca se saciaban del todo.
Las caricias fueron como fuego lento, arrastrando suspiros y risas contenidas, como si el deseo se tejiera con hilos de ternura.
Horas después, con el cuerpo aún tibio y el corazón latiendo fuerte, Kira se levantó de la cama sin decir nada. Caminó desnudo hasta el baño, deteniéndose en el umbral de la ducha.
Giró lentamente y, con una sonrisa peligrosa, le hizo una señal con el dedo.