Catalina despertó abruptamente, su cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse. La sensación de ser observada la mantuvo inmóvil un instante, escuchando el silencio apenas roto por el roce del viento. Sus ojos se dirigieron hacia la ventana entreabierta. Las cortinas, livianas, se mecían con suavidad, como un suspiro. Por un momento, creyó ver una sombra deslizarse afuera, pero no logró distinguirla con claridad.
Sin pronunciar palabra, se incorporó descalza, sintiendo el frío del suelo ba