Logan coordinaba los movimientos con eficacia precisa. No necesitaba gritar. Ordenaba con firmeza, sin dejar de vigilar el rostro de ella. En cada pausa, su atención se deslizaba hacia Catalina, como si necesitara comprobar que seguía allí, entera. Ella no decía nada. Había cambiado de túnica, recogido el cabello con meticulosidad, y retomado esa calma entrenada. Pero Logan ya conocía los signos sutiles: cómo sus dedos se crispaban al sujetar la tableta, cómo sus ojos parpadeaban más de la cuen