El sol apenas atravesaba las ramas de los laureles cuando Catalina y Alessia cruzaron los jardines del Atrium. El aire era fresco, y el murmullo del agua llegaba desde la fuente cercana. Caminaban en silencio, con el ritmo pausado de quien no tiene prisa, como si el tiempo pudiera suspenderse en ese rincón apartado del templo.
Pasaron junto a los parterres floridos, bordeando la hilera de columnas bajas que separaba el sendero de grava del borde de la piscina rectangular. El agua, quieta, refle