El estudio de Occia conservaba su habitual serenidad. Las paredes cubiertas de volúmenes antiguos, la mesa de madera oscura con cada pluma, rollo y sello dispuesto en su sitio. Catalina entró en silencio después de que la sirvienta la guiara hasta allí. La puerta se cerró detrás de ella sin estridencias.
Occia no levantó la vista de los documentos. Hizo un gesto leve con la mano, indicándole que esperara. Catalina no dijo nada. Solo se sentó en la silla frente a la mesa, como otras veces, pero