El piso del aeropuerto, pulido y sin imperfecciones, le devolvía su propia sombra distorsionada. Catalina lo miró con cautela, como si al dar un paso fuera a cruzar un umbral invisible.
A esa hora, apenas despuntaba la mañana. La luz tenue se filtraba por los ventanales como una bruma dorada y oblicua, demasiado débil aún para disipar del todo el aire frío que dominaba la terminal. Afuera, Roma seguía medio dormida. Dentro, el silencio era tan espeso como el mármol bajo sus pies. Solo se oían l