Sentía que el entallado minivestido negro me comprimía las costillas y que la larga coleta me tiraba del cabello, incluso que los altos tacones abiertos de aguja fina podrían tirarme en algún momento. Aunque parecía segura de mí, al llegar con los guardias creí que me detendrían y me impedirían el paso a ese recinto tan exclusivo.
Pero las pesadas puertas de grueso roble antiguo se abrieron para mí.
—La esperan, señorita —me dijo un chico, apuesto, joven y en traje negro, con corbata roja.
¿Era