92. No se lo digas a mamá
SIETE AÑOS DESPUÉS:
Acababa de volver de una misión.
Aún llevaban el abrigo negro, las botas manchadas de polvo y esa mirada sigilosa de hombres que regresan del borde del caos.
Pero en cuanto pisó el jardín, todo cambió.
—¡Papá! —una voz infantil, fuerte y emocionada, rompió la calma.
Ramsés corría hacia él con una daga de madera en la mano.
La misma que Valerik había tallado con paciencia absurda una noche en que Rashel dormía a su lado, después de que su hijo se lo pidiera.
Le encantaba burl