El segundo café fue en un lugar que Elena eligió, más pequeño que el anterior, en una calle lateral del centro que no tenía nada de turístico y todo de barrio.
Mateo llegó primero esta vez.
Elena entró cinco minutos después con ese paso tranquilo que tenía para todo, se sentó frente a él y pidió lo mismo que siempre sin mirar la carta.
—¿Cómo sabés lo que tienen si no miraste el menú? —preguntó Mateo.
—Porque es el café de mi barrio. —Elena lo miró. —Vengo acá desde los doce años.
Mateo miró alr