Mateo y Elena llevaban un mes de cafés cuando Mateo la invitó a cenar.
No en un restaurante caro, no con el tipo de escenografía que habría resultado obvia dado el apellido que cargaba. En un lugar que había encontrado él mismo, sin pedirle recomendación a nadie, en una calle donde la comida era buena y el ruido ambiental era suficiente para que una conversación se sintiera privada sin necesitar una sala reservada.
Elena llegó con cinco minutos de retraso y se sentó sin disculparse, lo cual Mate