El sábado llegó Emilio con cuarenta minutos de aviso, como había prometido, aunque el mensaje decía simplemente ya voy y llegó cuando ya estaba en el auto, lo cual era más de lo que Valentina esperaba y menos de lo que había pedido.
Entró al salón y fue directo a Mateo, que estaba en brazos de Dante.
Se detuvo.
Los miró a los dos, a Dante sosteniendo a su sobrino con ese cuidado que no tenía nada de incómodo, y algo cruzó por su cara que tardó un segundo en acomodarse en una expresión legible.