Mateo tenía tres semanas cuando Valentina empezó a notar el cambio.
No fue algo que pudiera identificar en un momento preciso. Fue acumulación. Pequeños detalles que se sumaban uno sobre otro hasta que una tarde, mientras lo observaba darle el biberón a Mateo en la silla del salón con esa concentración seria que ponía en todo lo que hacía, algo en la cabeza de Valentina se detuvo.
Dante no la miraba como antes.
No como antes del accidente, con esa posesividad calculada que ella había aprendido