La voz de Amara tembló como si se desgarrara desde lo más profundo de su pecho cuando lo vio aparecer frente a ella.
—¡Él vino a buscarme! —gritó con desesperación—. No lo quiero cerca… no lo quiero ni respirando el mismo aire que yo.
Ronald, con esa sonrisa torcida que siempre la hacía sentir pequeña, soltó una carcajada amarga.
—Es mentira —provocó, disfrutando del dolor que causaba—. Ella me rogó que volviera. ¿Qué otra cosa podía hacer? Si tú la dejaste tirada como la basura que es.
Las palabras golpearon a Amara como cuchillos.
Liam, que desde hacía minutos contenía una furia que amenazaba con liberarse, finalmente explotó.
Le cruzó el rostro a Ronald con un golpe tan potente que resonó en las paredes.
Amara gritó, sobresaltada por el movimiento brusco.
—¡Liam! —su voz se quebró—. Cree en mí, por favor… él solo quiere destruirme. Tú lo sabes, tú siempre lo supiste.
Ronald, tambaleándose, volvió a reír como un demonio satisfecho.
—¿Vas a creer en esta zorra? ¿En la misma que te ab