Las luces frías del hospital se reflejaban sobre el suelo encerado, y el aire olía a desinfectante y desesperanza.
Glory esperaba en la sala, temblando entre los bancos metálicos, con el teléfono entre las manos.
Había intentado llamar a Sídney una y otra vez, pero la voz al otro lado nunca respondía.
La culpa le pesaba como una losa en el pecho. Cada sonido, cada paso en el pasillo, le recordaba que su error había quizás acabado con su amistad, y le dolía.
De pronto, las puertas automáticas se