Sídney salió.
La puerta se cerró tras ella con un sonido seco, un eco que pareció quedarse suspendido en la habitación como si incluso el aire se negara a aceptar su partida. El silencio fue abrumador, interrumpido solo por el constante pitido del monitor cardiaco y el suave zumbido de las máquinas que mantenían con vida al hombre tendido sobre la cama.
Travis.
Su rostro, pálido y casi translúcido, parecía el de un extraño. Aquellos labios que alguna vez la habían besado con pasión ahora estaban