Sídney salió.
La puerta se cerró tras ella con un sonido seco, un eco que pareció quedarse suspendido en la habitación como si incluso el aire se negara a aceptar su partida. El silencio fue abrumador, interrumpido solo por el constante pitido del monitor cardiaco y el suave zumbido de las máquinas que mantenían con vida al hombre tendido sobre la cama.
Travis.
Su rostro, pálido y casi translúcido, parecía el de un extraño. Aquellos labios que alguna vez la habían besado con pasión ahora estaban inmóviles, resecos, sin vida. Pero, justo cuando la sombra de Sídney desapareció por el pasillo, algo en él se movió. Su mano, apenas, con un temblor imperceptible.
Luego, una lágrima descendió por su mejilla y se perdió entre las sábanas.
En ese instante, algo se quebró dentro de él.
Una conciencia que parecía dormida comenzó a despertar. No sabía si estaba soñando, muriendo o recordando… pero sentía. Y sentir era una forma de seguir vivo.
“Estaba en un sueño, corría por una calle blanca tota