El sonido estridente de las sirenas cortaba la noche como un presagio de calamidad.
Travis yacía en el suelo, incapaz de moverse con normalidad, sintiendo cómo la sangre se le escapaba entre los dedos mientras su respiración se volvía cada vez más entrecortada.
Sus ojos, abiertos de par en par, reflejaban el shock y la incredulidad de alguien que nunca pensó que su vida pendiera de un hilo.
La ambulancia llegó en minutos, pero para Travis esos minutos parecían horas eternas. Cada vibración del vehículo, cada giro en la carretera, era un recordatorio cruel de su vulnerabilidad, algo a lo que jamás estaba acostumbrado.
Barry Holmes no tardó en recibir la llamada que le heló la sangre. Su amigo, su hermano de corazón, estaba gravemente herido, y la mujer que había causado todo el caos, Leslie, había desaparecido sin dejar rastro.
El miedo se apoderó de Barry como un frío paralizante; sabía que no había tiempo que perder. Con manos temblorosas, marcó el número de Glory, esperando que ella