Sídney la miró con una mezcla de incredulidad y súplica que le partía el pecho; apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la primera detonación hizo estallar el aire.
Sus guardias cayeron uno a uno como si un telón de hierro cortara sus piernas: un disparo, un cuerpo que se desploma, un grito que se apaga.
Solo quedó uno en pie, tambaleándose entre la vida y la sombra. El mundo se volvió una secuencia en blanco y negro donde cada latido parecía el último.
Sídney se quedó paralizada, la respiración encogida, los ojos anegados en una rabia helada y un espanto profundo.
Entonces Donato apareció como surgido de la misma oscuridad que traía a sus secuaces: un hombre de paso lento, sonrisa angulosa y un arma que le apuntaba con deliberada calma.
Los cómplices rodearon como una mancha el lugar. Donato alzó la voz, y su tono era una sentencia:
—¡Sídney, ríndete, hija! ¿O prefieres matar a tu padre? —la burla le vibraba en la garganta.
La palabra «padre» rebotó en la cabeza de Sídney como un puña