Sídney la miró con una mezcla de incredulidad y súplica que le partía el pecho; apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la primera detonación hizo estallar el aire.
Sus guardias cayeron uno a uno como si un telón de hierro cortara sus piernas: un disparo, un cuerpo que se desploma, un grito que se apaga.
Solo quedó uno en pie, tambaleándose entre la vida y la sombra. El mundo se volvió una secuencia en blanco y negro donde cada latido parecía el último.
Sídney se quedó paralizada, la respiración