Cuando Travis despertó, la habitación le pareció extrañamente vacía.
La luz a través de las cortinas dibujaba franjas pálidas sobre la cama; el perfume de sándalo que siempre quedaba en la almohada ya no olía a Sídney.
Él abrió los ojos despacio, con la sensación de haber dormido mal; algo tironeaba su estómago como si una mano invisible lo hubiese arremolinado.
No la vio a su lado. Se incorporó de un salto, el corazón golpeándole en el pecho.
—¿Sídney? —su voz sonó ronca, pequeña, casi perdida