Cuando Travis despertó, la habitación le pareció extrañamente vacía.
La luz a través de las cortinas dibujaba franjas pálidas sobre la cama; el perfume de sándalo que siempre quedaba en la almohada ya no olía a Sídney.
Él abrió los ojos despacio, con la sensación de haber dormido mal; algo tironeaba su estómago como si una mano invisible lo hubiese arremolinado.
No la vio a su lado. Se incorporó de un salto, el corazón golpeándole en el pecho.
—¿Sídney? —su voz sonó ronca, pequeña, casi perdida en la habitación.
En la mesa de noche encontró una hoja doblada: una letra conocida, trazos firmes pero temblorosos. La nota crujió al desplegarla.
“Travis:
Me encontraré con Leslie; dice que me dirá dónde están mi padre y sus hombres. No te preocupes: llevo a mis guardias. Tengo que saber la verdad y terminar con Donato Shepard y todo el dolor que me hizo.
Si no lo hago, no podré vivir tranquila.
Si algo me pasa, confío en ti: sé buen padre con ellos.
Lo de ayer... considéralo la última noche