—Mañana será dada de alta, señora, pero deberá estar en reposo absoluto —dijo la doctora con tono firme, mientras revisaba los últimos apuntes en el expediente médico.
El sonido del portazo resonó cuando la doctora salió de la habitación. El silencio que quedó después fue pesado, casi sofocante. Solo se oía el zumbido del aire acondicionado y el débil pitido del monitor cardiaco.
Glory bajó la mirada hacia su vientre. Acarició la curva suave que apenas comenzaba a notarse bajo la sábana del hospital. Un nudo se formó en su garganta.
Hacía apenas unos días había querido renunciar a todo, terminar con su vida y con la del pequeño ser que crecía dentro de ella.
Ahora, solo deseaba una cosa: que ese bebé viviera. Que respirara, que llorara, que tuviera un futuro… aunque ella tuviera que cargar con el peso de su pasado.
—Glory, vendrás conmigo. Yo te cuidaré —dijo Connor, y su voz tembló con una convicción que ella no esperaba.
Ella lo miró con incredulidad, como si acabara de escuchar una