Sídney colocó con delicadeza a la pequeña Stelle en su cuna.
La niña, con apenas seis meses de vida, era una mezcla perfecta de dulzura y luz.
Tenía los labios rosados, las mejillas redondeadas y unos ojos tan profundos que recordaban, inevitablemente, a los de su padre. Sídney se quedó unos minutos observándola, en silencio, con una ternura que le desbordaba el alma.
Cada respiración de la niña era un milagro, cada sonrisa dormida una promesa de esperanza.
Se inclinó, acarició su cabello fino y