Sídney colocó con delicadeza a la pequeña Stelle en su cuna.
La niña, con apenas seis meses de vida, era una mezcla perfecta de dulzura y luz.
Tenía los labios rosados, las mejillas redondeadas y unos ojos tan profundos que recordaban, inevitablemente, a los de su padre. Sídney se quedó unos minutos observándola, en silencio, con una ternura que le desbordaba el alma.
Cada respiración de la niña era un milagro, cada sonrisa dormida una promesa de esperanza.
Se inclinó, acarició su cabello fino y oscuro, y susurró:
—Duerme, mi amor… mamá está aquí.
El corazón se le apretó.
Esta nueva maternidad la había cambiado, pero también la había reconciliado con partes de sí misma que creyó perdidas.
Aquella casa, ahora llena de risas, llantos y canciones suaves, era un reflejo de lo que había deseado toda su vida.
Salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta apenas con un suspiro, y se dirigió al cuarto contiguo.
Desde el umbral, escuchó la voz de Travis leyendo un cuento. Su voz grave