Connor caminaba de un lado a otro en la sala de espera, con las manos entrelazadas, la mirada perdida y el alma hecha pedazos. Los pasillos del hospital olían a desinfectante, pero él solo sentía el olor del miedo, ese que se mete en la piel y te deja temblando.
Cada minuto era un golpe más de angustia. Cuando Sídney y Travis llegaron, lo encontraron fuera de sí, como si el tiempo se le hubiera detenido.
—¿Cómo está? —preguntó Sídney, apenas lo vio, la voz temblorosa, los ojos llenos de un miedo