Travis negó con la mandíbula apretada; no pudo.
El revólver, frío en sus manos, pareció pesar siglos.
Respiró hondo, como si quisiera arrancarse aquel peso del pecho, y bajó el arma con una decisión que resonó más fuerte que cualquier disparo.
Un murmullo corrió entre los invitados: incredulidad, alivio, un silencio que pesaba como plomo. Nadie esperaba que él se negara. Nadie, excepto quizá su propio corazón.
Sídney se quedó congelada, la sonrisa que hasta hacía un segundo había sido de triunfo