Al día siguiente.
La boutique de novias era un lugar impecable, elegante, con enormes ventanales que dejaban entrar una luz suave que hacía brillar cada encaje expuesto.
El aroma a flores frescas y el murmullo delicado de otras clientas daban al ambiente un aire casi sagrado.
Allí, en medio de todo ese blanco perfecto, Amara estaba subida a una tarima ovalada, mientras una costurera ajustaba los últimos alfileres del vestido que estaba probándose.
Su madre observaba desde un sillón, con los ojos