Ronald lanzó un grito tan desgarrado que resonó por todo el departamento como el rugido furioso de un animal herido. Golpeó la mesa con tal fuerza que los papeles volaron por el aire.
Su rostro estaba rojo, la vena del cuello palpitaba, y sus manos temblaban de pura rabia. Hannah, su amante inseparable, salió corriendo de la habitación al escucharlo.
—¿Qué pasó? —preguntó sin aliento, acercándose con auténtico pánico.
Ronald la miró con los ojos desencajados, casi desorbitados.
—¡Amara entregó s