—¿Qué malditas cosas quieres, Sídney? —La voz de Leslie temblaba entre rabia y miedo.
Al otro lado de la línea, Sídney dejó escapar una risa suave, casi burlona.
—No te pongas así, querida —respondió con una calma inquietante—. Solo llamo para darte una noticia... un regalo, si quieres verlo así.
Hubo un silencio corto, antes de que su voz bajara a un susurro gélido.
—Es Donato. Está muriendo en un hospital. Te envié la dirección por mensaje. Ve y despídete de él, querida socia.
El sonido seco d