Una semana después, Amara despertó con los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana de su habitación. El calor tenue de la mañana no logró disipar el frío que le recorría la piel al abrir los ojos y encontrarse con las paredes blancas, impersonalmente limpias, del hospital. Instintivamente, llevó la mano a su vientre, sintiendo el movimiento de su hija aún no nacida, y una sonrisa temblorosa se dibujó en su rostro. Aquel pequeño ser que crecía dentro de ella era la razón por la que había soportado todo: el miedo, la humillación, la incertidumbre.
—Hoy tu padre estará seguro de que eres su hija, cariño —susurró, con voz apenas audible—. Perdóname por haberte puesto en esta situación… todo es culpa de mami. Pero te juro que cuando nazcas, nadie te lastimará, nadie podrá ofenderte. Mami será buena solo para ti.
Se incorporó con cuidado, tratando de no molestar a su cuerpo cansado, y se vistió con rapidez. Cada movimiento estaba cargado de una mezcla de ansiedad y urgencia. Su cora