La tensión en la sala era casi palpable, como un aire denso que se filtraba por cada rincón. Sídney no podía contener las lágrimas, sus hombros temblaban mientras miraba a su hija con una mezcla de desesperación y rabia contenida.
—Debe haber un error —dijo, su voz quebrada por el llanto—. No puede ser… no puede ser verdad.
Connor, por su parte, tenía los ojos cargados de fuego. La miraba como si quisiera atravesarla con la mirada, y cuando extendió la mano y la tomó del brazo, Amara sintió el hielo recorrer su piel. Su presión era fuerte, casi dolorosa, y la furia en sus ojos la paralizó por un instante.
—¿De quién es ese bebé? —rugió, cada palabra resonando como un golpe en la sala—. ¡No puedo creerlo! ¡Te hemos dado todo! ¡Así nos pagas! ¡Siendo una vergüenza! No voy a reconocer a tu bastardo… y sobre ti, te voy a desheredar.
El corazón de Amara latía con fuerza, cada golpe un martilleo en su pecho. Su garganta se cerró, y durante un instante no pudo hablar, solo escuchar cómo la vo