Travis rompió el beso, su respiración estaba agitada, el corazón desbocado.
Sídney temblaba entre sus brazos, febril, débil, pero aún consciente del roce de su piel contra la suya.
La miró con preocupación; el color de su rostro había palidecido demasiado. Su piel ardía. Llamó a la enfermera con desesperación.
La mujer entró corriendo, revisó los signos vitales de Sídney y, sin perder tiempo, le aplicó una inyección de antibiótico.
—Tranquilo, señor Travis Mayer —dijo con voz profesional—. Su es