Travis rompió el beso, su respiración estaba agitada, el corazón desbocado.
Sídney temblaba entre sus brazos, febril, débil, pero aún consciente del roce de su piel contra la suya.
La miró con preocupación; el color de su rostro había palidecido demasiado. Su piel ardía. Llamó a la enfermera con desesperación.
La mujer entró corriendo, revisó los signos vitales de Sídney y, sin perder tiempo, le aplicó una inyección de antibiótico.
—Tranquilo, señor Travis Mayer —dijo con voz profesional—. Su esposa estará mejor mañana.
Travis no respondió. Solo asintió, sin soltar la mano de Sídney. Se quedó ahí, sentado a su lado, sin dormir, observando cada movimiento, cada leve respiración.
Esa noche no apartó los ojos de ella; temía que, si lo hacía, si parpadeaba demasiado tiempo, la perdería.
***
En otro lugar, en un sótano húmedo y oscuro, Leslie sollozaba encorvada sobre el suelo frío. Las sombras de las paredes parecían devorarla. Las lágrimas le surcaban las mejillas mientras recordaba el mo