—¿Dónde estoy? —exclamó Sídney incorporándose de golpe.
Travis la sujetó con cuidado.
—Tranquila, estás bien. Estoy aquí —le dijo con voz suave.
Sídney se llevó la mano a la cabeza, le dolía.
—¿Qué me pasó? —preguntó con los ojos empañados.
Travis tenía el rostro cansado, las ojeras marcadas. Quiso abrazarla como si fuera una niña y prometerle que nada malo volvería a sucederle, pero al verla tan frágil, tan viva, se sintió inútil.
—Sufriste un atentado, pero ya estás a salvo —respondió.
Los re