—¿Dónde estoy? —exclamó Sídney incorporándose de golpe.
Travis la sujetó con cuidado.
—Tranquila, estás bien. Estoy aquí —le dijo con voz suave.
Sídney se llevó la mano a la cabeza, le dolía.
—¿Qué me pasó? —preguntó con los ojos empañados.
Travis tenía el rostro cansado, las ojeras marcadas. Quiso abrazarla como si fuera una niña y prometerle que nada malo volvería a sucederle, pero al verla tan frágil, tan viva, se sintió inútil.
—Sufriste un atentado, pero ya estás a salvo —respondió.
Los recuerdos la golpearon con fuerza. Se enderezó alarmada.
—¡Orlando! ¿Dónde está? —su voz tembló. Lo último que recordaba antes de desvanecerse había sido la voz de ese hombre.
Travis sintió un pinchazo en el pecho; los celos lo atravesaron como una daga.
—¿Orlando? ¿Y qué te importa él? —replicó con el ceño fruncido, los ojos encendidos de enojo.
Ella lo miró perpleja.
—Él estaba ahí. Quiso ayudarme… ¿Le pasó algo? —preguntó, conteniendo las lágrimas.
—No —respondió Travis, tenso—. Está bien. Lo v