Sus bocas se encontraron en un beso húmedo, cargado de todo lo que no habían dicho en meses, quizá años.
No fue un beso suave ni inocente, sino un choque de almas heridas que aún se reconocían entre la culpa y el deseo.
El sabor a deseo, a tiempo perdido y a nostalgia se mezcló con el calor de sus labios.
Las manos de Travis buscaron su rostro como si necesitara asegurarse de que era real, de que ella seguía ahí, respirando, sintiéndolo.
El beso se volvió más profundo, más desesperado, un refugio y una condena al mismo tiempo.
Sídney sintió que el suelo desaparecía, que todo lo que la mantenía firme se desvanecía con cada roce de su lengua.
Era como si su cuerpo recordara un amor que su mente se había prometido olvidar.
De pronto, Travis se separó, jadeante, con el pecho agitado. Su voz salió ronca, quebrada, entre el temblor del autocontrol.
—Debo parar… porque si no lo hago… terminaré haciéndote el amor.
Hizo una pausa, y sus ojos, llenos de deseo, se suavizaron.
—Y no quiero que me