El estallido del grito de Amara rompió la calma del pasillo como un rayo en mitad de una tormenta.
—¡Amara! ¿Qué estás haciendo? —exclamó Liam mientras se agachaba para levantar a Ivet del suelo. La joven lloraba con el rostro desencajado, incapaz de comprender por qué había sido atacada de esa forma.
—¡No la toques! —rugió Amara, pero la rabia que llevaba acumulada la cegó un instante y, en un arrebato, la mano le voló hacia el rostro de Ivet, abofeteándola con fuerza.
El impacto resonó como un disparo. Por un momento, todo quedó suspendido: la respiración de Liam, el temblor de Ivet, el eco del golpe en las paredes. Hasta Amara pareció quedar petrificada por lo que acababa de hacer.
Liam reaccionó al instante.
Atrajo a Ivet tras él, protegiéndola con el cuerpo como si de un escudo se tratara, y clavó sus ojos en Amara.
—¿Te volviste loca? —dijo, incapaz de contener la incredulidad.
Ella sostuvo su mirada con una intensidad amarga, hiriente, como si todo el dolor del pasado se hubiese