Al ver lo que acababa de hacer, Liam retrocedió como si hubiera tocado fuego. Se pasó la mano por los labios de inmediato, con un gesto brusco, casi desesperado, intentando borrar el rastro de un beso que jamás debió ocurrir. Algo en su pecho se contrajo, una mezcla inquietante de culpa, asco y arrepentimiento.
Ivet bajó la mirada, consciente del desastre que ambos habían provocado.
—Yo… —balbuceó, con la voz quebrada.
No alcanzó a terminar la frase cuando Paolo apareció en la puerta, pálido.
—Señor… es la señora Amara. Se puso mal y la llevaron al hospital.
Liam sintió cómo el mundo se le partía en dos. El aire le faltó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: salió corriendo sin escuchar más. Paolo lo siguió, cerrando la puerta detrás de ellos.
***
En el hospital, la tensión se respiraba en cada rincón.
Stelle estaba abrazada a Andrew, llorando sin entender nada.
—¿Por qué no dijeron lo del bebé? —insistió, temblorosa.
—Algunas mujeres prefieren esperar para sentirse más seguras —ex