Cuando el doctor salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, el silencio se volvió tan pesado que parecía una losa presionando cada rincón.
Liam permaneció quieto, de pie, sin acercarse a la cama. Sus ojos seguían fijos en Amara, pero no había ternura en ellos; solo una tormenta contenida.
“Debería odiarte”, pensó con amargura.
“Después de todo lo que hiciste, de todo lo que me arrebataste, de cómo me dejaste… ¿Por qué diablos sigo atado a ti? ¿Por qué soy un masoquista de tu amor, Amar