—No le hice nada, ella miente, Liam.
La voz de Amara tembló, pero aun así se mantuvo firme. Sabía que decir esas palabras era inútil. Sabía que la verdad, en esa casa, no tenía valor alguno cuando provenía de sus labios. Aun así, no podía quedarse callada. No después de lo que acababa de pasar.
Liam la miró por apenas un segundo, un segundo que a ella se le hizo eterno. Sus ojos, esos que antes la miraban con cariño, ahora la observaban con una mezcla de cansancio y desconfianza. No dijo nada. Solo desvió la atención hacia Leonora, que estaba parada detrás de él, con los brazos cruzados y una expresión perfectamente calculada: inocencia fingida, un toque de superioridad y una sombra de satisfacción que intentaba ocultar.
—Limpia tu desastre, Amara —ordenó Liam con voz fría—. Y discúlpate… o lárgate.
Las palabras cayeron como piedras en su pecho. “Discúlpate o lárgate”. Como si ella fuera un problema, una molestia. Como si no hubiera sido parte de su vida.
Amara lo miró con los ojos ll