—¡Es mi hija, Travis! ¡Solo mi hija! —las palabras de Sídney resonaron en la habitación, llenas de una intensidad que cortaba el aire.
Su voz, cargada de una mezcla de desesperación y determinación, hizo eco en el corazón de Travis, quien se encontraba de pie, con los puños apretados, incapaz de contener la tormenta de emociones que lo invadía.
Sídney se sentó, tratando de mantener la calma mientras alimentaba a la bebé.
Cada movimiento era un acto de amor, un intento de proteger a su hija de la