Amara retrocedió un paso cuando Ronald intentó acercarse. El olor penetrante de su colonia barata la sofocó y, antes de que él pudiera tocarla, lo empujó con todas sus fuerzas.
—¡Liam, te juro que no es cierto! —gritó ella, desesperada—. ¡Él entró a la fuerza! ¡Hay cámaras de seguridad, revisa las cámaras!
Ronald soltó una carcajada grotesca, cargada de malicia, con los ojos brillando como los de un depredador acorralado.
—¡Cállate, Amara! —gritó—. Di la verdad. Me amas. Dile que todo esto es un