Esposa despreciada.
El chófer condujo a Isabella Deveraux hasta la imponente mansión Moretti, enclavada en una urbanización privada donde los árboles centenarios formaban arcos naturales sobre entradas de hierro forjado, cubiertas de enredaderas perfectamente podadas.
Aquel lugar, más que una residencia, era un santuario de tradiciones rancias, donde el tiempo se detenía al servicio de un linaje que se creía invulnerable.
Isabella descendió del vehículo con paso decidido, los tacones resonando con autoridad sobre l