Te perdono.
La habitación de la clínica estaba iluminada por la luz tenue de la lámpara sobre la mesita de noche.
Isabella reposaba sobre la cama, cubierta hasta la cintura con una manta ligera.
Llevaba una bata hospitalaria que dejaba ver la fragilidad de su cuerpo, marcado por heridas visibles y por otras más profundas que no se veían. Su frente estaba vendada, y aunque el dolor y el cansancio habían dejado huellas en su rostro, sus ojos ahora brillaban con algo nuevo.
Gabriel