Dispárale ahora.
Isabella seguía inmovilizada entre los brazos de Julio, con la fría boca del arma presionando con violencia contra su sien.
Su respiración era un jadeo frenético y sus lágrimas caían sin control mientras su corazón golpeaba tan fuerte que sentía que en cualquier momento podría detenerse, como si su propia vida pendiera de un hilo invisible que se tensaba más con cada segundo.
Frente a ellos, los hombres del equipo de rescate que irrumpieron en la habitación como sombras mortal